
A lo largo de la historia, las poblaciones autóctonas del norte de África han entrado en contacto con otras culturas de los confines del Sáhara y el área mediterránea. De estas relaciones emanan diversas denominaciones que habitan los textos del pasado. De entre ellas la más conocida es, sin duda, el etnónimo histórico “bereber”, que se usaba tanto para la lengua como para sus hablantes. El origen de este vocablo (vinculado al griego, en el sentido de extranjero, y al latín “barbarus”) ha propiciado que, en la actualidad, los individuos y comunidades que reclaman para sí ese origen utilicen la palabra “amazige” cuyo significado, en su propia lengua es “hombre libre”.

El conjunto de pueblos amaziges presenta una gran diversidad desde el punto de vista histórico y cultural, debido, sobre todo, al vasto territorio que se ha vinculado tradicionalmente con ellos: desde el oasis de Siwa (donde aún conservan su propia lengua) hasta las islas Canarias, y desde el Mediterráneo hasta la cuenca del Níger. Un amplio espacio ocupado, entre otros, por los cabilios de Argelia, los tuaregs del Sáhara y del Sáhel, los nafusis de Libia o los rifeños de Marruecos.
Su adaptación a los diferentes entornos geográficos ha producido notables diferencias culturales y artísticas. Como es lógico, los procesos históricos acontecidos en el Mágreb no han repercutido en todos estos pueblos por igual. Por ello, sus culturas actuales nos hablan no solo de las distintas fusiones e hibridaciones que, a todos los niveles, han tenido lugar, sino también de la conservación a lo largo de los siglos de características propias perceptibles para todos.
Helena de Felipe
Universidad de Alcalá
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